Para no alarmar a Camila, le pedí a mi papá y a Carlos que guardaran silencio.
Y para mi sorpresa, los dos me hicieron caso.
Cuando llegamos al segundo piso, escuché una voz de mujer, que parecía sentir algún tipo de dolor o placer.
Sin duda era la voz de Camila.
Me estremecí y miré a Carlos.
Su cara cambió al instante.
Impactado, caminó hacia el cuarto de donde venían los sonidos.
Crucé una mirada con Mateo y lo seguimos de inmediato.
En la puerta, esos gemidos se escuchaban todavía más claros.