La energía de Mateo era inagotable.
Aunque en la mañana ya habían pasado varias veces, en cuanto regresamos a la villa me arrastró con impaciencia al baño.
El vapor envolvía todo el lugar, empañando los espejos con una capa de neblina.
Yo casi no podía sostenerme sobre el lavabo, con el cuerpo debilitado. Si no fuera por el brazo de Mateo rodeando mi cintura, seguramente habría terminado en el suelo.
En el espejo empañado con dificultad distinguía la silueta del hombre a mi espalda…
Cuando todo