Cuando dije eso, Mateo se puso molesto.
Era gracioso.
Pensé: “¡Eso te pasa por fingir que no me conoces! Ahora voy a halagar a otro hombre hasta que te hierva la sangre.”
—¿Ves, ves...? —el hombre, en cuanto lo halagué, se llenó de orgullo.
—Así que fíjate, soy un hombre apuesto, tengo un buen trabajo, casa y auto. Si me pierdes a mí, ¿dónde vas a encontrar a un hombre como yo?
—Sí, sí... —asentí, mirándolo con fingida adoración.
—Eres el caballero más elegante y educado que he conocido, mucho