Le sonreí a Mateo con picardía.
Él se levantó, se puso una bata y, mientras me revolvía el cabello con cariño, dijo:
—Espera, voy a cocinar.
Lo miré mientras se alejaba y sentí que el corazón se me llenaba de dulzura.
Qué importa ser descarada, al final resultaba que serlo no tenía nada de malo.
Después de cenar, habíamos pensado en ir a casa de Alan para recoger a los niños.
Pero Alan insistió en que estaban jugando fuera y que al día siguiente los llevaría directo a la escuela, dándonos la opo