Pero el pecho de Mateo era duro como el hierro. Lo empujé varias veces y él permaneció inmóvil.
Sus ojos oscuros me miraban fijamente, y esa llama que ardía en su mirada me asustaba cada vez más.
¿Eh?
¿Acaso esta vez sí lo había provocado en serio?
¿No pensaba rechazarme más?
Con ese pensamiento, mis manos que antes presionaban su pecho se deslizaron hasta su hombro, y con cautela acerqué mis labios a su mandíbula para darle un beso.
Lo besé muy suavemente, temerosa de que me apartara como las v