Si él lo comía, era como admitir que no podía.
Mateo siempre se empeñaba demasiado en el asunto de “ser capaz o no”.
Así, me obligó a tragarme una taza entera de sopa.
Dejó el cuenco en la mesa, se apartó dos pasos y me miró sonriendo con aire burlón:
—¿Qué tal? ¿Qué se siente comer puros afrodisíacos?
Su sonrisa estaba llena de regocijo, como disfrutando de mi desgracia.
Me hervía la sangre. Lo fulminé con la mirada, apretando los dientes.
Él ignoró mi enojo y volvió a sentarse en la silla.
—An