Carlos corrió a sostener a Camila, que gritaba de dolor.
La ropa de Camila estaba empapada de sopa, las manos enrojecidas por las quemaduras y en el cuello tenía varias marcas rojas.
Lástima que no le cayó nada a esa máscara que llama cara.
—¿Estás bien, Camila? —preguntó Carlos con urgencia, lanzándome después una mirada colérica.
Lo miré con desprecio y me burlé:
—Si no hubieras fingido amabilidad dándome la sopa, nada de esto habría pasado. Así que, Carlos, la próxima vez ten cuidado, tu fals