Mateo suspiró y siguió sirviéndole comida a los dos niños.
Yo me levanté rápido, corrí al baño, y me eché agua fría en la cara.
Al ver mi reflejo en el espejo, con las mejillas rojas, me invadió la vergüenza y el arrepentimiento.
Jamás volveré a intentar emborrachar a Mateo.
Su resistencia al alcohol es imposible de calcular.
Qué frustración… ¡ojalá pudiera borrar de mi memoria lo de anoche!
Esa noche, doña Godines llevó temprano a los niños a dormir.
Yo, mientras tanto, buscaba mi celular, hast