Mateo se quedó callado.
Bajó la mirada y se puso a bañarme con seriedad.
Yo mordí mis labios y las lágrimas no paraban de caer.
Supongo que no me creyó.
Si me fuera a creer, hace cuatro años no me habría tratado así.
De la nada sentí que el cuerpo me fallaba, me dejé caer suavemente contra la bañera.
El vapor caliente subía sin parar, y mi cabeza se fue apagando, mareada.
De verdad quería dormir.
Cerré los ojos, dejando que el sueño se tragara mi conciencia.
De repente, Mateo pareció decir algo,