Un escalofrío me recorrió el corazón y corrí hacia él. En el suelo, sobre una barra de acero, rota y del grosor de un dedo, vi sangre.
¿El hombro de Mateo había sido atravesado por esa barra?
El corazón se me hundió. Estiré la mano para revisar su herida, pero antes de tocarlo, él me apartó con un manotazo.
Irritado, sonrió y me dijo con tono sarcástico:
—Mejor preocúpate por él. De todos modos, esta herida no me matará.
Dicho eso, sin mirarme otra vez, se dio la vuelta y se marchó.
Luki saltaba