A mi alrededor solo escuchaba pasos apurados y voces, mezcladas con el ruido de las máquinas del hospital.
Valerie parecía llorar a mi lado.
Mi hermano gritaba “Aurora, Aurora”, desesperado.
Luchaba por abrir los ojos, pero todo seguía borroso.
Veía mucha gente alrededor, pero no reconocía a nadie.
El ruido de las máquinas me ponía los pelos de punta, y el olor a antiséptico era muy fuerte.
Solo quería irme.
No quería estar ahí, quería irme.
Hice un esfuerzo para levantar la mano e intentar tocar a Valerie.
De repente, sentí una mano caliente.
No veía su cara, pero reconocí una voz.
—No tengas miedo, voy a salvarte, y también a tus bebés.
Era la voz de Javier.
Javier también había venido.
¿Y Mateo?
¿Él vino? ¿Sabe que estoy embarazada de sus hijos?
Mi conciencia se desvanecía poco a poco.
El llanto de Valerie y los gritos de mi hermano se oían cada vez más lejos.
—Aurorita, tienes que levantarte, por ti y por los bebés —dijo alguien.
—Perdón, Aurorita, todo fue mi culpa. Por favor, des