Como ya le había dicho antes, después de cenar tenía que volver a casa a estar con mi mamá.
Pero ahora él me abrazaba, sin querer soltarme.
Sentía su aliento tibio en mi oído, con ese tono claro de deseo.
Su respiración me hacía cosquillas y me daba escalofríos.
De pronto, Mateo me giró para mirarme de frente y me besó suavemente.
La calefacción ya estaba encendida en la habitación, y yo ya me había quitado el abrigo. Solo llevaba una camiseta de tela delgada.
Sus manos se metieron por debajo y