—¡Mateo! —lo miré, furiosa, con los ojos encendidos de rabia.
Él bajó la mirada para observarme, sin el más mínimo rastro de cariño.
Qué ironía.
Con amargura en el corazón, aparté la cara, sin querer mirarlo ni hablarle.
Pasado un rato, él rompió el silencio... y cómo no, otra vez para defender a Camila.
—Si tienes algún rencor, descárgalo conmigo. No la sigas atacando a ella.
Al escuchar eso, sentí un brote de furia en el pecho.
¡Qué ridículo! Siempre es esa mujer la que causa problemas, pero a