—Alma, ¿otra vez quieres burlarte de mí? Hay tanta gente mirando —dijo Ricardo, sonriendo, con paciencia.
Me moví despacio hacia un lado; esa relación era un verdadero lío.
La señorita Alma le rodeó el cuello, con su linda sonrisa.
—¿Burlarme de ti? Para nada. Te estoy dando las gracias.
Mientras hablaba, le tocó suavemente la quijada a Ricardo con la punta de los dedos.
Ese gesto íntimo hizo que Henry apretara más los puños; casi se podía oír cómo le sonaban los huesos en el silencio de la sala