—Señorita… —Henry miró a la señorita Alma con dolor y urgencia.
En ese instante, noté de repente que en la boca de Ricardo pareció aparecer una sonrisa sutil, llena de desprecio.
Qué raro.
¿Ricardo estaba… viendo a Henry como a un rival?
Bajo la mirada furiosa de la señorita Alma, Henry acabó cediendo y bajó el arma, aunque aun así no se olvidó de lanzar una advertencia:
—Si te atreves a hacerle el menor daño a la señorita Alma, te mato sin que nadie encuentre tu cuerpo.
—¿Cómo iba yo a hacerle