Alarmada por el ruido, miré hacia la puerta y vi a la madrastra de Mateo entrar con cara de indignada, junto a Miguel.
—Mateo, ¡te lo advierto! Retira esa denuncia de inmediato. ¡No es un extraño, es tu propio hermano!
Miguel entró gritando, sin mostrar ni una pizca de preocupación por su hijo.
Ver de forma tan clara cómo protegían a Michael y atacaban a Mateo me hizo sentir una rabia inmensa.
Justo cuando me les iba a acercar, Mateo de repente me agarró la mano y me detuvo, con su pálida cara l