Sus ojos tenían una mezcla de burla y desconfianza:
—Me has mentido tantas veces. Dime, ¿piensas que todavía puedo creerte?
—¡Es verdad! —dije, llorando desesperada.
—Ahora me tienes vigilada, no puedo hacer nada sin tu permiso.
—¿Quién sabe?
Mateo me contestó con voz baja, sin emoción:
—Siempre has sido mentirosa. Nunca te comportas. ¿Quién dice que, si sales, no lo intentas otra vez?
Se levantó y, sin apurarse, empezó a acomodarse la bata que yo le había aflojado antes.
Bajó la mirada hacia mí