Pero él, en vez de dejarme ir, me agarró la espalda y no me dejó mover ni un centímetro.
Empezó a reírse. Su cara seguía viéndose elegante, pero en sus ojos había algo oscuro, como si disfrutara de verme incómoda.
Agarró mi mano y la llevó por su abdomen, bajando despacio.
Me puse roja en un segundo, sentí que los dedos me ardían y traté de quitar la mano.
Él se acercó a mi oído, su voz baja, ronca y pícara.
—Así es como se complace a un hombre, así se siente bien, ¿ya ves?
Me quemaba la cara ha