Ese empujón me dejó la cabeza dando vueltas.
Mateo se lanzó sobre mí, con su mirada llena de rabia, como si de verdad quisiera acabar conmigo en ese instante.
Al ver ese odio tan claro en sus ojos, dejé de resistirme.
Sentí que, hiciera lo que hiciera, esta vida mía ya le pertenecía. Siempre atrapada en sus manos, siendo su marioneta.
El hambre y la sed ya me habían quitado todo el orgullo.
Miré el vaso de agua que tenía en la mano y, con voz débil y desesperada, le rogué:
—Fue mi culpa… no debí