Pero todas mis mentiras… eran cosas pequeñas, sin importancia. No cambiaban nada en su vida. ¿Por qué enojarse tanto?
Su mano bajó despacio de mi barbilla a mi cuello.
En un segundo, sentí su palma cerrándose. Con solo un poco más de fuerza podría matarme ahí mismo.
Me miraba de frente, con los ojos llenos de rabia, tristeza y decepción.
—¿Qué me prometiste… antes de que me fuera de tu casa anteayer? —preguntó.
Apreté los labios y no contesté.
Él sonrió, y se notaba que era de la rabia:
—Dijiste