Ya no sabía si las lágrimas que me caían eran por atragantarme con la comida o por toda la tristeza que tenía dentro.
Respiré hondo, me limpié la cara con la manga y seguí comiendo.
Comí mientras las lágrimas seguían cayendo.
Gotas gruesas, saladas, caían en el plato una tras otra.
Desde que Mateo se fue, no volvió a aparecer.
Pero, igual, alguien seguía trayéndome tres comidas al día, siempre a la misma hora.
El baño tenía agua.
Seguía encerrada en este cuarto pequeño por culpa de Mateo, sin po