Me giré y vi que era Shaina.
Un auto deportivo de lujo, plateado con destellos morados, muy llamativo.
Se paró frente a mí, mirándome con compasión:
—Ay, preciosa... Así de lejos sí que se nota que no la estás pasando bien. Qué pena. Ven a mi fiesta de cumpleaños, ¿sí?
Un indiferente Javier estaba recargado en el asiento del copiloto. Entre sus dedos, un cigarro. Su mirada, perdida.
Esa actitud distante contrastaba un montón con la amabilidad que me mostró por la mañana. Me hizo sentir como si