Aferrándome a la última pizca de esperanza que tenía, le dije:
—¿Podemos no ir al hospital? Haré lo que quieras, lo que sea, con tal de no ir.
Mientras hablaba, me hice la sumisa y me agarré de su brazo.
Él bajó su mirada hacia mí, como burlándose.
—¿Lo que quiera?
Asentí de inmediato:
—Sí. Incluso… puedo complacerte sin que me lo pidas. Lo que sea, Mateo, en serio tengo miedo.
Mientras hablaba, las lágrimas me bajaban por la cara.
Lo supliqué con la mirada, deseando que, aunque sea una vez, me