Mateo me miraba fijo, con una intensidad que daba miedo.
Tragó saliva, y después de un rato, habló en voz baja:
—Si te portas bien, no te voy a gritar.
Dicho esto, me tapó otra vez con la sábana, agarró la toalla y se iba a ir.
Me apuré y lo abracé por detrás.
Apoyé la cara en su espalda y, con la voz ronca, le pedí bajito:
—No quiero un doctor. Con que tú me cuides, me basta... Mateo, ¿puedes cuidarme tú, solo esta vez?
Cuando uno está enfermo, el corazón se pone más blando, y hasta la voz suen