Apenas llegué a la puerta del baño, choqué de frente con Mateo, que salía con una palangana de agua en las manos.
La palangana cayó al suelo y yo también terminé en el piso.
El agua tibia me mojó de pies a cabeza.
Mateo, furioso, me levantó de golpe y me gritó:
—¿Por qué no te quedas acostada? ¿Para qué te levantas?
—No quiero un doctor... —me aferré a su brazo, rogándole, desesperada.
—Estoy bien, solo quiero dormir un rato... No quiero un doctor, no quiero que me vea un doctor...
Mateo me carg