Quería resistirme. Abrí la boca, pero no me salió nada.
¡Da igual!
Igual, eso será después. Primero tenía que salir de esta.
Cerré los ojos, y mi mente se fue perdiendo en la confusión.
Sentía que todo el cuerpo me ardía como si estuviera en un horno, pero a la vez tenía un frío tremendo.
Al rato, Mateo me levantó un poco. Me acomodé en sus brazos.
En una mano tenía un vaso de agua, en la otra, dos pastillas.
Me dijo:
—Toma esto primero, es para bajar la fiebre.
Aparté las pastillas.
Las embaraz