Mi cara, mis manos y mis pies ya casi no sentían nada del frío.
No sé cuánto tiempo estuve caminando, pero al fin llegué a la farmacia.
El dueño me miró, sorprendido, y enseguida me ofreció un vaso de agua caliente:
—Hace frío afuera, ¿por qué vienes en sandalias?
Agarré el vaso, y el calor que se filtraba a través de las palmas me devolvió algo de sensibilidad en las manos.
Me froté mi cara casi entumecida y le sonreí:
—Salí con prisa. Se me olvidó cambiarme.
Hice una pausa y le pedí:
—¿Me da d