Mateo se enderezó y volvió a su asiento.
Pasaron unos minutos y la puerta de la cabina se abrió.
Antes de que entrara alguien, escuché una voz suave, un poco temblorosa.
—Mateo...
Levanté la vista y vi a Camila. Tenía los ojos llenos de lágrimas y corría hacia él. Detrás venía un azafato guapo.
—Señor Bernard... —dijo el azafato con respeto—. Esta señorita dijo que no se siente bien y que quería hablar con usted. Como la vi cercana a usted, la traje.
Mateo la miró con atención, preocupado.
—¿Dón