Mateo apareció sin que me diera cuenta.
Sus brazos fuertes se apoyaron a los lados de mi silla.
Sus ojos oscuros y profundos no dejaban de mirarme.
¡No!
Me di cuenta que estaba mirando mi vientre.
Mi corazón dio un vuelvo.
¿Dije algo mientras dormía?
¡Dios, qué miedo!
Me senté rápido, y con una risa nerviosa, le pregunté:
—Señor Bernard, ¿qué... qué pasa?
—¿Qué soñaste? ¿Por qué estás tan triste, hasta llorando?
Levantó la mano para limpiarme una lágrima de la esquina de mi ojo.
Aparté su mano,