Me asusté y luché con todas mis fuerzas.
Le grité con desprecio:
—Mateo, ¡quítate de encima, no me toques, quítate!
Pero mis intentos de escapar solo lo enfurecieron más.
Los ojos de Mateo se pusieron rojos y llenos de furia, como si estuviera dispuesto a matarme.
Él empezó a rasgarme la ropa.
Me asusté tanto que comencé a llorar, gritándole sin importarme:
—¡Quítate, de solo sentir que me tocas me dan ganas de vomitar, quítate...!
—¿Cómo...?
Mateo se detuvo por un momento.
Me miró fijamente, su