Mateo se acercó a mí y puso su mano en la puerta con fuerza, impidiéndome cerrarla.
El repartidor lo miró, luego me vio a mí, y se fue corriendo.
Mateo mantenía la mano en la puerta mientras me observaba desde arriba. Su mirada era más escalofriante que la brisa en invierno.
Me reí con amargura, sintiendo que el coraje me quemaba por dentro.
¿En serio? ¿No había sido suficiente con lo del hospital? ¿Ahora venía a mi departamento?
Por suerte solo me metí con Camila dos veces. Si le hubiera hecho