Ahora, estábamos completamente despiertos y conscientes de lo que pasaba.
Mi cabeza seguía sobre su brazo mientras su otra mano me rodeaba la cintura.
Me quedé quieta, sin atreverme a moverme ni un centímetro.
Mateo abrió los ojos a medias y con voz ronca por el sueño preguntó:
—¿Qué te pasa?
Estaba toda encogida en sus brazos, sin saber dónde poner las manos. Si me movía un poco, mis dedos rozaban su pecho caliente.
—Es que... sonó la alarma —tartamudeé—. Son las siete. Tengo que ir a trabajar.