—Mateo...
Lo miré con los ojos llorosos, suplicando:
—Hoy no me siento bien, ¿puedes dejarme tranquila?
—¿No te sientes bien? —Se sentó frente a mí, fingiendo preocupación mientras me observaba.
—¿Qué te pasa?
—Me duele la panza —mentí rápido.
—Debe ser que comí mucho y no me cayó bien, en serio me duele un montón.
—Ajá... —Mateo pasó sus dedos por mi cabello que caía sobre el hombro—.
—Entonces mejor vamos al hospital a checarte.
—¿Al hospital?
—Claro. Así me quedo tranquilo.
Se levantó y sacó