Mientras más forcejeaba, mi corazón latía con más fuerza:
—¡Déjame bajar, yo puedo caminar sola!
—Con lo lenta que eres, si te dejo, no dormiremos en toda la noche —respondió Mateo sin apartar la vista de mí.
Lo observé. Con su apariencia elegante y refinada, nadie diría que podía ser tan... insaciable.
Por dentro, lo estaba insultando con las palabras más vulgares que se me venían a la mente.
De pronto, Mateo bajó la vista y, con una sonrisa sarcástica, preguntó:
—Te veo tan disgustada. ¿Estar