Solo imaginar lo que pasaría me hacía temblar de pies a cabeza.
—¿No vas a ir? —Mateo me miró fijamente, con una sonrisa sarcástica.
—¿Acaso crees que tienes derecho a negarte?
—¡Mateo! —dije, exasperada.
—¿Por qué insistes en que trabaje para ti? ¿No dijiste anoche que no volverías a molestarme? ¡¿Por qué te contradices?!
—¿Y tú no eres también una mentirosa? Si yo me contradigo, ¿no estamos a mano? —Mateo se rio, mirándome con desprecio y burla.
Estaba desesperada y grité con firmeza:
—¡No voy