Le tiré del cinturón mientras lloraba y gritaba su nombre.
De repente, Mateo me abrazó, y me preguntó con una mirada intensa:
—¿De veras lo quieres tanto?
Asentí de forma instintiva. Toda mi vergüenza, orgullo y dignidad habían desaparecido.
Jadeando, le supliqué con dificultad:
—Por favor… por favor, ayúdame a calmar esto…
La mirada de Mateo se hizo aún más intensa, como si estuviera luchando por contener algo.
Con voz áspera, me preguntó:
—¿Estás segura de a quién estás viendo? ¿Quién soy yo?