Ricardo sonrió, entró, buscó una silla y se sentó.
Las habitaciones del castillo estaban bien decoradas: el piso cubierto por alfombras gruesas y buenas, y en las paredes colgaban cuadros y relojes. Sin embargo, casi no había muebles: aparte de una cama, una mesa y dos sillas, no había nada más.
Mateo se sentó en la otra silla y vio que Ricardo miraba la alfombra debajo de la cama.
Se le aceleró el corazón.
Recién había escondido el teléfono y no había tenido tiempo de revisar nada antes de que