Mateo pareció intrigado.
¿La voz de Ricardo?
No se dejaba engañar por esa apariencia siempre educada: en realidad, la mente de Ricardo era, como mínimo, tan profunda y retorcida como la del señor Felipe.
Hasta el señor Pedro había dicho más de una vez que, muchas veces, no podía adivinar qué le pasaba por la cabeza a Ricardo.
—Darío, disculpa que moleste. Hay algo de lo que quisiera hablar contigo —dijo Ricardo desde afuera.
Ya que Ricardo lo había dicho así, a Mateo no le quedó de otra que abri