Ricardo sonrió y asintió.
—Bien.
Mateo salió rápido. Aun así, seguía sintiendo la mirada de Ricardo clavada en la espalda, quemándolo.
Como no podía entender qué estaba pensando Ricardo, tampoco se atrevía a hablar con él de frente. Era mejor así por ahora: ir paso a paso y ver qué demonios quería hacer Ricardo.
***
Yo no sabía qué diablos había pasado, pero esa noche no dormí nada bien; tuve una pesadilla tras otra.
En el sueño, unos perros negros gigantes me perseguían para morderme.
Corría pa