Parpadeé un par de veces y, de pronto, recordé algo. Justo cuando iba a decirlo en voz alta, vi esa expresión suya, tan abatida, y me entraron ganas de jugar un poco con él.
Me toqué la nariz y le pregunté, fingiendo no entender nada:
—¿Qué cosa es más importante? No entiendo muy bien, Mateo, anda, dilo.
Él, molesto, me dio un golpecito en la frente y dijo con fastidio:
—Nada. A dormir.
Después de decir eso, tiró de la manta, se acostó de espaldas a mí y adoptó de verdad la postura de alguien qu