¡Al señor Pedro se le había olvidado que todo se trataba de una actuación…!
Ese pensamiento gritaba de forma frenética dentro de mi pecho, como si fuera a romperme la garganta.
Pero, al recordar que el señor Felipe seguía cerca, solo pude tragarme el grito y dejar escapar apenas un suspiro tembloroso.
Mis ojos se llenaron de lágrimas de golpe; dos hilos calientes cayeron sin previo aviso.
¡Esto no era fingido! Era miedo real, provocado por esa intención asesina tan opresiva.
Mateo no estaba a mi