Antes de que pudiera reaccionar, una fuerza repentina me apartó con violencia.
Acto seguido, se oyó el sonido de una cuchilla atravesando la carne, acompañado de un gemido ahogado de dolor.
Todo mi cuerpo tembló, y grité instintivamente:
—¡No!
Cuando me volví, la “Sofía” falsa ya yacía en un charco de sangre, con una daga clavada en el pecho.
La sangre brotaba sin cesar, tiñendo de rojo la tierra bajo su cuerpo.
Pero en su cara no había dolor.
Al contrario, me sonreía… era una sonrisa de alivio,