El dolor en mi pecho llegó como una marea y me inundó por completo. Ya no pude contener el calor que sentía en los ojos; una neblina húmeda empezó a empañarme la vista.
Levanté la mano para limpiar el sudor frío de su mandíbula, pero justo cuando mis dedos tocaron su piel ligeramente fría, mi mirada cayó sobre la mano con la que presionaba la herida.
A través de la tela de la bata se distinguía una mancha oscura.
El corazón se me encogió. Extendí la mano para abrirle la bata, pero apenas mis ded