Pero cuando di un paso atrás, él dio uno hacia adelante.
Y así, sin darme cuenta, ya estaba contra la pared.
Mateo apoyó las manos a cada lado, dejándome sin salida. Estaba tan cerca que podía sentir su respiración. Tenía la mirada clavada en mis ojos, sin pestañear.
Aparté la mirada con desesperación y pregunté, bajito:
— ¿Qué quieres de mí?
En el restaurante ya le había dejado clarísimo que no iba a volver con él.
¿Entonces qué busca ahora? ¿Por qué aparece así, de noche, en mi casa?
Él seguía