Con algo de vergüenza, me toqué la mejilla, que estaba caliente. No entendía cómo podían hablar de esas cosas íntimas con tanta seriedad. El antiguo Mateo también era así: siempre impecable, correcto, casi como de un cura. Pero en la cama… no hay palabras para describir la bestia en la que se convertía.
Estaba perdida en esos recuerdos de Mateo cuando la voz ronca de "Darío" me devolvió a la realidad.
—Bah, ni lo mencione. Ella anda haciendo berrinche.
El señor Felipe por fin habló:
—¿Ah, sí? ¿Y