Sonreí para mis adentros. Había dicho que me mataría cientos de veces… y nunca lo había hecho realidad.
De verdad se enojaba con facilidad.
No sabía qué hacer con él; Mateo me hacía reír y al mismo tiempo me dolía.
Me acerqué y le di un beso en los labios, sonriéndole.
—Ya, no te enojes. Si te enojas, dejas de ser guapo.
Quedó claro que este hombre era una auténtica “bomba”.
Al principio parecía tan calmado y sensato… pero solo era porque sabía disimular muy bien.
Su cara seguía contraída en una