El señor Felipe volvió a mirarme con esa sonrisa falsa de buena gente.
Se apoyó en el bastón, se levantó y me dijo con tono amable:
—Bien, deja que Darío te siga acompañando a escoger ropa. Lo del vestido de hace rato sí fue una injusticia contigo. Así que, escoge lo que te guste, agárralo sin problema y cárgalo a mi cuenta.
—¿Cómo va a ser eso?
Apenas acabó de hablar, la señorita Alma ya se acercó, caminando con elegancia en tacones.
Waylon venía atrás, cargado de bolsas. Y así y todo, no se qu