Parecía que, después de tanto tiempo, Mateo se había estado disfrazando de Darío hasta casi perder la cordura.
Mientras pensaba en eso, alguien me miró con curiosidad de repente.
Me quedé un momento sorprendida y, cuando alcé la vista, vi que era la señorita Alma.
Se acomodó el pelo sensual y ondulado y se rio con burla:
—Parece que te va bastante bien con ese bruto. Incluso ya sabes usarlo para presionarme. Debo admitir que te subestimé.
Mientras hablaba, me guiñó un ojo discretamente.
Entendí