No podíamos destruir ese micrófono; si lo hacíamos, era como decirle directamente al señor Felipe que entre Darío y yo pasaba algo extraño. Pero mientras el aparato siguiera ahí, cada segundo que pasáramos en ese cuarto tenía que ser puro teatro. Solo de pensarlo, me dieron ganas de colapsar. Por suerte, Darío fue extremadamente cauteloso. De lo contrario, si un momento antes hubiera dicho algo que no debía, todo habría terminado en ese mismo instante.
Él me llevó rápidamente al baño. Cuando ent