Lo miré, agotada hasta el alma. ¿Hasta cuándo iba a durar todo esto?
Darío tampoco se quedó quieto; no paró de decir groserías, acompañadas de respiraciones fuertes. Quizá porque ya habíamos actuado esa escena una vez, en ese momento resultó un poco menos incómoda y yo también me sentí algo más tranquila. Él se veía mucho más normal, ya no estaba tan serio, ni siquiera daba miedo.
Mientras yo sacudía la cama y gritaba, Darío respiraba con fuerza y, con una mano, abrió un cajón junto a la cama pa